La verdad de la luz quema tanto que muchos prefieren quedarse en la sombra viviendo una mentira.

Georgina Ribatallada

8/11/20265 min read

total solar eclipse diamond ring
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Durante mucho tiempo pensé que la verdad se encontraba en la luz.

Después vi que la sombra tenía mucha verdad escondida.

Y hoy siento que las dos tienen verdad.

La verdad de nuestra sombra nos asusta, pero más nos asusta la luz de la verdad.

Porque lo luminoso quema tanto que muchos prefieren vivir en las sombras.

No hablo de esa sombra que sacas a la luz de la consciencia.

Hablo de la oscuridad en la que muchos se quedan buscando el siguiente patrón que sanar, la próxima terapia o la formación definitiva que los sacará de donde están.

Y qué triste quedarse ahí.

Seguir buscando, analizando e intentando cambiar.

Huyendo de la luz de la verdad.

Porque, en el fondo, querer cambiar puede ser también una forma de negar esa luz.

Mientras haya algo que sanar, todavía podemos evitar mirar aquello que ya somos.

Porque la verdad no siempre viene a decirte que tienes que mejorar. A veces viene a decirte que tienes que dejar de huir.

Los profetas, los falsos profetas y la verdad

Muchas personas repiten lo que han oído.

Pero pocas lo han pasado por el filtro de su cuerpo y de su experiencia.

¿Por qué digo esto?

Porque alabar algo, darle credibilidad o quitársela fijándote en quién lo ha dicho es, nuevamente, una cesión de poder.

Si hacemos esto, ¿cómo vamos a aprender a distinguir la verdad?

No te fijes tanto en quién lo dice.

Fíjate en qué es lo que dice.

Porque cada vez más la verdad está oculta entre la mentira. Y la mentira está al alcance de todos.

Vivimos rodeados de personas que hablan con una seguridad que puede hacernos creer que saben.

Personas con miles de seguidores, títulos y una capacidad enorme para hacer que aquello que dicen parezca verdad.

Personas que hablan de consciencia, de amor, de salud, de espiritualidad o de energía.

Y algunas de ellas pueden estar diciendo cosas muy verdaderas.

Pero eso no significa que todo lo que dicen sea verdad.

Puede haber una mentira escondida entre muchas verdades.

Puede haber una media verdad o una interpretación presentada como una verdad absoluta.

Puede haber intereses y dogmas.

Y puede haber incluso personas que, sin mala intención, están transmitiendo algo que han aprendido sin haberlo pasado nunca por su propia experiencia.

Los falsos profetas no siempre parecen falsos

Quizá ese sea precisamente el problema.

Pensamos que un falso profeta debería ser fácil de reconocer.

Y no.

Puede ser alguien que haya transformado su propia vida y, aun así, estar equivocado en algunas cosas.

Puede ser alguien que diga muchas cosas verdaderas y, entre ellas, introducir algo que no lo es.

Puede estar mezclando su verdad con la tuya.

Y ahí es donde tenemos que estar atentas.

Porque que alguien haya encontrado una verdad para sí mismo no significa que haya encontrado la verdad para todos.

Hay gente que está en la cima y cuyo mensaje me parece vomitivo.

Y hay gente que vende salud y esconde cosas tremendamente nocivas.

Por eso ya es hora de dejar de fijarnos tanto en quién.

Y ni siquiera únicamente en sus supuestas evidencias.

Porque evidencias hay por todos lados.

Entonces, ¿qué hacemos?

Aprender a discernir

Para discernir hay que estar dentro.

Presente.

Atenta.

Y desde ahí sentir.

Pero no ese sentir desconectado del resto.

No eso que nos han vendido como corazón y amor.

Porque también podemos utilizar el “corazón” para justificar aquello que queremos creer.

Podemos llamar intuición al miedo.

Podemos llamar amor a la necesidad.

Podemos llamar límite a la huida.

Podemos llamar espiritualidad a la desconexión de la realidad.

Por eso no se trata simplemente de sentir. Se trata de aprender a distinguir qué hay detrás de lo que sentimos.

Y para eso necesitamos pasar la experiencia por nuestro cuerpo.

¿Cómo te sienta esto?

¿Qué ocurre dentro de ti cuando escuchas este mensaje?

¿Qué se mueve?

¿Qué se contrae?

¿Qué parte de ti lo rechaza?

¿Desde dónde estás respondiendo?

Porque no todas las respuestas vienen del mismo lugar.

Hay respuestas que vienen del ego, del miedo o de un cuerpo que aprendió a sobrevivir.

Y hay otras que parecen venir de un lugar más profundo.

De nuestra sabiduría innata.

¿Puedes distinguirlas?

Ahí está el trabajo.

El amor también necesita discernimiento

Nos han hablado mucho de amor.

Y de abrir el corazón.

Pero ¿alguien te ha dicho lo difícil y doloroso que puede ser ese proceso?

Porque cuando miras de frente la verdad del amor, quizá descubres que muchas de las cosas que llamabas amor no lo eran.

¿Es amor abandonarte por “amor” al otro?

Eso no es amor.

O al menos no es el amor del que yo quiero hablar.

El amor empieza por no abandonarte para cumplir con expectativas ajenas.

Si para comprender al otro tienes que dejar de escuchar lo que te pasa, algo se ha roto.

Si para aceptar al otro tienes que negar tu propia experiencia, algo se ha roto.

Si para ser buena tienes que traicionarte, algo se ha roto.

Y entonces quizá lo que estás entregando no es amor.

Quizá es un pseudoamor.

Uno que parece luminoso desde fuera, pero que en realidad vuelve a dejarte en la sombra.

La verdad tiene muchas capas

Varias personas pueden estar diciendo dos cosas diferentes y cada una estar defendiendo su verdad.

Porque la verdad tiene muchas capas.

Nuestra experiencia también.

Podemos estar viendo una parte y creer que estamos viendo el todo.

Pero hay una verdad que es inalterable.

Hay cosas que no se pueden negar.

Necesitamos estar presentes.

Cuestionar.

Experimentar.

Poder cambiar de opinión.

Y, sobre todo, poder soportar no saber.

Porque a veces preferimos una respuesta falsa antes que permanecer en la incertidumbre.

Ya es hora de aprender a distinguir

Quizá hemos pasado demasiado tiempo buscando a alguien que nos diga qué es verdad.

Un maestro.

Un terapeuta.

Un gurú.

Un experto.

Un referente.

Alguien que nos diga por dónde ir.

Y quizá ha llegado el momento de hacer algo más difícil:

aprender a distinguir por nosotras mismas.

No significa creer que todo lo que llevamos dentro es verdad.

No significa desconfiar de todo el mundo.

Significa escuchar sin entregar tu poder.

Aprender sin dejar de pensar.

Sentir sin creer automáticamente todo lo que sientes.

Cuestionar sin cerrarte.

Y poder preguntarte, una y otra vez:

¿Desde dónde estoy respondiendo?

¿Es mi ego?

¿Es mi miedo?

¿Es mi cuerpo sobreviviendo?

¿Es mi necesidad de pertenecer?

¿O hay algo más profundo?

Algo que no necesita convencer.

Algo que no necesita demostrar.

Algo que simplemente sabe.

Quizá ahí estén tus respuestas.

Pero para encontrarlas tendrás que atreverte a mirar.

La sombra y la luz.

Y aprender a distinguir qué parte de ti está hablando.

Porque quizá la verdad no está en quien te dice qué debes ver.

Está en tu capacidad para mirar.

Incluso cuando lo que ves quema tanto que preferirías volver a la oscuridad.

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