No todo lo que sostiene un sistema lo mantiene vivo.
Todos formamos parte de sistemas que, cuando dejan de ser sostenibles, necesitan reorganizarse.
Vivimos dentro de sistemas, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello. Una familia, una comunidad, una sociedad, un planeta. Y también nuestro propio cuerpo, donde cada parte influye en las demás.
Y todos estos sistemas tienen algo en común: ningún sistema que prioriza una parte sobre las demás es sostenible en el tiempo. Da igual los juicios que tengamos, la vida es así.
Intenta que tu pierna derecha cargue mucho más que la izquierda durante mucho tiempo. Intenta que una madre no corte nunca el cordón umbilical de su hijo. Intenta que una parte de una familia sostenga siempre a todas las demás. Intenta fumigar todos los campos para conseguir una verdura perfecta, sin bichos, que no sabe a nada y que además termina envenenándonos. No es sostenible.
Porque cuando una parte de un sistema crece a costa de otra, tarde o temprano el sistema entero lo acaba pagando.
Y esto también nos ocurre por dentro. Hay partes de nosotras que llevan años sosteniendo lo que las demás no pueden sostener. Una parte controla, otra se adapta, otra calla, otra cuida y otra tira de todo hacia delante aunque esté agotada. Muchas veces tenemos normalizado vivir así y, mientras todo parece funcionar, pensamos que estamos bien, hasta que un día algo deja de poder compensar.
Entonces aparece el síntoma: el cansancio, la ansiedad, la rabia descontrolada, el bloqueo, la enfermedad o el colapso. Y muchas veces nuestra primera reacción es intentar hacer desaparecer esa parte que está gritando. A veces incluso gastamos años de vida persiguiendo que ese síntoma deje de existir.
Pero el síntoma también puede ser el resultado de un contexto de vida y venir a avisarnos de que el sistema ya no puede seguir funcionando de esa manera.
Porque un sistema sano se regula, se adapta, se mueve y se rebela cuando algo amenaza su equilibrio. Un sistema sano no permanece eternamente soportando lo que le hace daño. Pega una patada, dice que no, se defiende y se reorganiza.
Pero ¿qué ocurre cuando un sistema ha aprendido que no puede hacer nada? Cuando ha aprendido que es mejor callar, que más vale malo conocido que bueno por conocer. Que hay que aguantar, que el amor duele, que ser buena significa pensar primero en los demás, que no puedes quejarte porque hay gente que está peor o que tienes que comprender al otro aunque tú estés desapareciendo.
Entonces aparece algo que me interesa mucho: la indefensión aprendida y también la negación del enfado.
Porque si nunca tuviste permiso de ser, si te convencieron de que no tenías derecho a enfadarte, de que tenías que pensar más en los demás que en ti, aprendiste que lo que sentías no estaba bien. Y eso genera una enorme lucha en tu interior, porque después de vivir tanta invalidación emocional, llega un momento en que ya no sabes ni qué sientes ni quién eres.
Y aquí creo que hay algo que hemos confundido mucho. Nos han enseñado que estar en paz significa no reaccionar, que ser consciente significa no enfadarse, que amar significa comprender y que evolucionar significa ir hacia dentro.
Y sí.
Pero ¿qué pasa cuando utilizamos todo esto para no defendernos? ¿Qué pasa cuando la espiritualidad se convierte en una forma de cerrar la boca?
La espiritualidad no está hecha para cerrar la boca.
Un sistema sano se rebela cuando algo lo amenaza, un cuerpo sano genera una respuesta cuando algo lo invade, una persona que puede sostenerse a sí misma puede decir que no. Puede enfadarse, poner un límite, marcharse y decir: hasta aquí. Y eso no significa que haya dejado de ser consciente. Muy al contrario, suele indicar que tiene la suficiente capacidad en su sistema para sostener la incomodidad y la tensión que ocasionará su movimiento. Ese golpe encima de la mesa puede significar precisamente que está recuperando su capacidad de reaccionar.
Porque también podemos utilizar la consciencia para justificar nuestra propia desconexión. “Voy hacia dentro.” “Lo acepto.” “Lo comprendo.” “Es una oportunidad para crecer.” Y mientras tanto seguimos sosteniendo aquello que nos está destruyendo.
A veces no necesitamos comprender más. Necesitamos dejar de sostener lo insostenible.
Pero aquí aparece otra cosa importante. No puedes derribar una estructura que todavía necesitas para sostenerte sin construir antes otra. Por eso es importante construir la suficiente estructura y no frases vacías que acaban llevando a los sistemas humanos al colapso.
Pienso en ese elefante que creció atado a una pequeña estaca. Todas las frases motivacionales del mundo no le ayudaron a romperla, porque romper una estaca no siempre es tan sencillo como decidir que eres libre.
De pequeño intentó tirar. No pudo. Lo intentó una y otra vez, hasta que aprendió que no podía. Y cuando creció, la estaca seguía siendo pequeña. Pero él ya había aprendido que no podía romperla.
Nos pasa algo parecido. Podemos saber racionalmente que podemos irnos, que podemos decir que no, que podemos dejar de complacer y vivir de otra manera. Pero nuestro sistema puede haber aprendido otra cosa. Y por eso cambiar no siempre consiste en tomar una decisión.
A veces necesitamos construir primero la estructura que nos permita sostener esa decisión. Un sistema nervioso con más capacidad, que pueda tolerar lo nuevo para atreverse a mirar más allá del horizonte que tiene delante de la nariz.
Porque cuando llevas mucho tiempo viviendo de una determinada manera, incluso lo que deseas puede dar miedo. Lo conocido puede sentirse más seguro que lo nuevo y entonces necesitamos tiempo, estructura y sostén, hasta que aquello que antes parecía imposible empieza a ser posible.
Y esto no ocurre solamente dentro de una persona, también ocurre en los sistemas más grandes. Cuando un sistema llega al colapso, después es mucho más difícil reestructurarlo.
Por eso creo que es tan importante crear estructuras antes de llegar ahí. Recuperar comunidad, comprar a quien tienes cerca, crear redes, compartir recursos y crear proyectos colectivos. Dejar de poner todo el poder fuera.
Porque cada vez que elegimos dónde ponemos nuestro tiempo, nuestro dinero, nuestra atención y nuestra energía, también estamos decidiendo qué queremos seguir sosteniendo.
El dinero es una energía. Y cuando decides dónde lo pones, también decides a quién le das poder.
No creo que podamos cambiar un sistema entero de golpe, aunque no me faltan ganas de quemarlo. Pero sí podemos empezar a dejar de alimentarlo allí donde ya no queremos estar.
Y esto también tiene una parte incómoda. Porque cuando un sistema empieza a tambalearse, muchas veces necesita encontrar un culpable. Es mucho más fácil encontrar un enemigo que mirar el funcionamiento del sistema completo.
Es más fácil odiarte que responsabilizarme de que mi vida sea así. Es más fácil decir que el problema eres tú que preguntarme:
¿qué estamos haciendo todos para que esto siga funcionando así?
Y aquí volvemos al principio. Todos formamos parte de un sistema y todo lo que hacemos individualmente también afecta al sistema. Cuando una persona rompe una estaca, otra puede ver que es posible, y cuando alguien pone un límite, otra aprende que también puede hacerlo. Cuando alguien deja de sostener algo insostenible, quizá otra persona descubre que no era la única que estaba cansada.
Lo individual se vuelve colectivo y lo colectivo también vuelve a entrar en lo individual.
Por eso no creo que se trate de salvar al mundo ni de salvar a los demás. Creo que todo puede empezar de una forma más cercana: empezar revisando lo que estás sosteniendo, lo que alimentas, qué parte de ti está cargando lo que no te toca, qué te obligas a callar y qué parte de ti has sacrificado para que las demás puedan seguir funcionando.
Y preguntarte:
¿Esto es sostenible?
Porque quizá el problema no es que esa parte de ti esté fallando. Quizá está haciendo exactamente lo que tiene que hacer. Quizá está avisándote de que el sistema ya no puede seguir igual.
Y cuando un sistema ya no puede seguir igual, no siempre necesita que lo arreglemos. A veces necesita que algo caiga, que una estructura deje de sostenerse o de existir para que pueda aparecer otra.
Pero para eso hay que estar preparada.
Primero estructura. Después, si hace falta, destrucción.
Y quizá la verdadera revolución no empieza destruyendo lo que está fuera. Empieza cuando dejamos de sostener dentro aquello que ya sabemos que no es sostenible.
Porque cuando un sistema prioriza lo externo por encima de lo interno, es cuestión de tiempo que colapse.